miércoles, abril 27, 2005

Por favor, no me protejan tanto

Estoy llegando a un punto de indignación con los derechos de autor que no creí nunca que fuera a llegar. Tengo una edad, 51 años, que permite que no se me clasifique como un jovencito rebelde. Tanto por mi labor como directivo de una escuela de negocios, el Instituto de Empresa, como por mi labor como profesor de Dirección Estratégica (Dirección General) en la misma, como por mi actividad como consultor, tengo claro que la empresa y los beneficios son entes legítimos para crear valor para la sociedad. Mi formación en dirección de empresas es suficientemente sólida como para ver maneras de ganar dinero con los negocios de la música, los libros, el cine, etc sin necesidad de meter a nadie en la carcel. Es más, he sido empresario del software, he publicado libros, he desarrollado simuladores y materiales multimedia, etc. He sido y soy autor y empresario de autores. Nada me hace sospechoso de odiar a ambos grupos. Además, he sido muchísmo más respetuoso que la media planetaria a la hora de comprar música o videos y no adquirirlos por otras vías que no considero ilegítimas.

Pero cuando me hacen pagar el maldito canon por un CD o un DVD en el que voy a grabar mis fotos o a hacer el backup de los programas que yo he desarrollado, siento que me están llamando ladrón. Para mí el canon supone un cobro por adelantado de un supuesto delito que voy a cometer. Y cuando uno no tiene esa costumbre, se siente enormemente insultado tanto por quien lo impulsa como por quien lo ha aprobado. Señorías, miembros del parlamento, a muchos de los cuales he dado clase: se me olvidó enseñarles algo. La precriminalización crea criminales. Si me cobran un canon por aparcamiento indebido cuando salga de mi casa, terminaré por considerar que puedo aparcar donde me plazca.

Me acuerdo con alegría de mis años de estudiante, antes de la universidad. Mi salud no me permitió acudir al colegio. Así que me quedaba en casa aprendiendo gracias a mi gran maestro, Don Miguel Moreno Amor. Mis padres me compraban discos. Yo las grababa en un armatoste de cintas junto música de la radio. Hacía mezclas y me imaginaba disk jockey. Se las ponía a mis padres. Las oía al estudiar. Hacía pequeñas reuniones con amigos con esa música. Cuando apareció el cassette incluso les dejaba copias. Me compraba los discos de aquellas canciones que me gustaban. El resto lo terminaba por borrar. Nunca me sentí un criminal. Cuando colaboré con un grupo "pop" aficionado en mi juventud, tampoco me sentí culpable porque en los ensayos la canción que mejor salía era una de Santana y no le pagábamos derechos.

Hoy me veo peleando con mi hijo, que pretende usar la radio de hoy, WinMx o similares, para hacer lo mismo que yo hacía de niño. ¿Debe mi hijo sentirse un delincuente por hacerlo?. En absoluto. Los que deben sentirse muy incómodos son los que se han olvidado de su juventud. Y los que no saben hacer negocios. Espero no tener exalumnos entre ellos. Sentiría que hubieran olvidado todo lo que les enseñé sobre como se hacen negocios.

Las empresas discográficas primero intentaron impedir, hace un siglo, la música en la radio. Luego, y soy testigo de ello, trataron de amañar, pagando, los programas de música de actualidad para que sus discos salieran en las primeras posiciones. ¿En qué quedamos?. ¿La difusión de la música en la radio u otro medio es un delito o es un medio de promoción por el que se paga?. ¿Dar una muestra de champú o de queso en un detergente en un supermercado es de idiotas?. ¿Los que distribuyen su software con revistas son imbéciles?.

El derecho de cita está también amenazado. ¡Socorro!. La ciencia se basa en citar a los demás para poder demostrar que la aportación es un avance sólido que se apoya en o cambia lo que otros hicieron. Claro, se me olvidaba. El científico profundo, que trabaja en equipo, con medios muchas veces millonarios, lo único que quiere es publicar para el bien de la humanidad y su propio prestigio. Cuanto antes. Sin derechos de autor. Pero el cantante de letra minúscula y voz potenciada por ordenador quiere defenderse. Lo mismo que el autor de un artículo de 30 líneas sin apenas valor añadido. Patético intento de poner puertas al campo.

El correo dinámico como gmail está también en entredicho. Antes yo era dueño de mi correo. Podía enseñar una carta que había recibido o que iba a mandar a quien me placiera. Ahora no puedo enseñársela a una máquina que me puede dar sugerencias sobre lo escrito. ¡Aleluya!. He perdido el control sobre MI propia información. Nadie me obliga a usar ese tipo de correo. Por favor, no me defiendan tanto.

Pero lo que me está colmando de indignación, lo que veo que está colmando de indignación a gente de un supuesto elevado nivel intelectual y profesional como yo, es la criminalización por todos los medios.

Cuando veo en la calle un anuncio pagado en parte por las autoridades criminalizando la copia por encima de muchos delitos. Cuando veo que las penas previstas por copiar son mayores que las de muchos delitos de mayor calado. Cuando arranco mi DVD comprado en una tienda y me arranca con un spot que me advierte de que si no robo bancos, ni asalto ancianitas en el metro, no tengo porqué ser un pirata, entonces me dan unas ganas irreprimibles de serlo. Me dan ganas de ir a la productora a pedirle que me paguen el dinero del tiempo que he empleado en ver su mensaje descerebrado y a que me pidan disculpas. De ir a la SGAE a pedir que me devuelvan el dinero del canon. De llamar a todos mis exalumnos parlamentarios y explicarles como se están poniendo al mundo en contra. Que por mucha presión que haga la SGAE, por muchos cantantes que puedan hacerles el boicot en plenas elecciones, no pueden perder el norte. Los votantes somos más.

Señores, el tema es sencillo. Se puede ganar dinero con los derechos de autor. El copyright y el copyleft pueden convivir. Creative commons y otras fórmulas pueden potenciarse.

Pero, lección primera de los negocios, nunca, nunca, ataques a un cliente que te está pagando. Lección segunda, lo único permanente en los negocios es el cambio. La forma de ganar dinero con los contenidos hoy es diferente. Deseo que los cantantes ganen dinero y también las productoras. Que las SGAEs promuevan las mejoras. Y aún más lo deseo en los casos de las películas que han costado años y millones desarrollar, como la saga de Star Wars. Y en el caso del software desarrollado por equipos complejos durante mucho tiempo. Por cierto, que es asombroso que algunos cantantes sin calidad puedan cobrar casi tanto por copia de un disco grabado en un estudio como proyectos como Windows o Star Wars. ¿No será que un problema del negocio de la música está en el precio?. También me encanta que lo ganen o lo donen las comunidades de open source. Pero quien no innova termina por defenderse con la ley y, todos lo sabemos, la ley que va contra la gente, tarde o temprano, termina por cambiar. Mis exalumnos parlamentarios no son en absoluto imbéciles. Hoy la ley habilita incluso que una policía paralela, de las entidades de derechos de autor, inspeccione locales. Si estas entidades no quieren ser percibidos como los piquetes de los muelles de Nueva York y sí como legítimos articuladores de los derechos de autor de aquellos que deseen cobrarlos, sólo tienen que adecuar su modelo de negocio.

Mientras tanto, como autor, sólo les pido que no me protejan tanto. Y como expresión de libertad política, les pongo un enlace al himno europeo, en una página de la Unión Europea. No me he atrevido a colgarlo directamente porque tiene copyright. Espero que al menos no me multen por silbarlo.